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Ensayo de Alejandro J. Ratia para el catálogo
de la exposición de Vicente Pascual Nunc en la
Galería Pepe Rebollo. Zaragoza, 2003
Vicente Pascual Rodrigo
/ El Exilio Occidental
“La tradición auténtica permanece
oculta”. Gershom Scholem [1]
Vicente Pascual es un artista peregrino, y
lo es en dos de los sentidos que se dan a la palabra. Es un personaje
que transita por esta tierra como por una tierra extraña,
pero también es un pintor aparte y curioso, pese a que esto
sea lo último que él pretenda, porque es alguien a
quien la búsqueda de un centro del tiempo, ha alejado de
las frivolidades de su propio tiempo. E incluso, dejando ya a un
margen las metáforas, ha practicado un peregrinaje por las
geografías físicas que no debe olvidarse, porque sus
labores y sus días han tenido numerosos escenarios. Por Zaragoza,
su ciudad natal, apenas ha parado. Con diecinueve años se
pierde por la India. Confiesa haber cambiado de domicilio diecisiete
veces en los últimos treinta años. Ha vivido en Mallorca
y en Norteamérica, pero regresa ahora a las faldas del Moncayo,
donde se encuentran sus raíces emocionales. Se me ocurre,
sin embargo, que el viaje más importante de Vicente Pascual
ha sido filosófico, uno que le ha conducido desde una dialéctica
social, en su juventud, o casi adolescencia de pintor temprano,
y a través de páramos y de paisajes que se ofrecían
con la serena seducción del espejo, a otra dialéctica
simbólica, de sombra y luz, cielo y tierra.
Como es bien sabido, Vicente Pascual formó
“La
Hermandad Pictórica” con su hermano Ángel.
Eran los años setenta y el inicio de una larga cosecha de
imágenes memorables. En el año 1982, Julián
Gállego dictó una conferencia en Huesca sobre
la “Hermandad” y algunas de las cosas que dijo las dijo
a sabiendas de que podían no gustarles a los dos hermanos.
Habló de una especie de anonadamiento panteísta, de
la sumisión y entrega del pintor a la naturaleza, que aparecía
con las características iconográficas de una divinidad,
esto es hierática, perfecta e inmovilizada en su misterio.
El excelente crítico no podía evitar leer lo que leía
en las pinturas que le presentaban, aunque en la voluntad de los
artistas fuesen otras cosas las que estuvieran ya cociéndose.
Los paisajes, hermosos y casi inalcanzables, más reales que
la realidad, se parecían cerrar en un misterio inmanente,
adorable como una única y satisfecha gota de agua. Ante ellos
no podía evitarse la tentación de morir, o de hacerse
el muerto como Cirlot
en los versos donde dice:
“te amo al atardecer cuando estoy muerto
y mis ojos se mezclan con las hierbas” [2].
Gershom Scholem [3],
el teórico de la cábala, advierte que “el místico
que elabora no dialécticamente sus vivencias tiene que desembocar
en el panteísmo” . Así, Cirlot conjuraría
ese peligro al descubrir al ángel (femenino) como compañera
íntima (ánima):
“Nunca te encontraré porque el encuentro
habría de ser fuera y estás dentro”.
Un espíritu pura y crudamente moderno vería en
esa potencia, aparentemente externa y femenina, una presunta enemiga,
y entendería la reconciliación consigo mismo como
una derrota, de forma que naufraga en su ensimismamiento, que es
una paradójica huida del sí mismo. Un espíritu
como el de Cirlot hace crecer sus raíces y llega más
adentro. También nuestro artista.
Fue a finales de los ochenta cuando Vicente
Pascual descorre la cortina de una nueva dialéctica, cosa
que es muy parecida a abrirse el pecho con el pico de pelícano.
“Bona Nit Món”, una exposición en la barcelonesa
Galería Eude, del año 1989, marcó este tránsito.
En 1992 llega a su madurez en esa línea de trabajo con su
“Obra
Dramática”, presentada en el Torreón Fortea
de Zaragoza, y el paisaje, reducido a la geometría y a la
dramaturgia, simple pero radical, que protagonizan el horizonte
y los crepúsculos, pasa a ser un diálogo con el otro.
Transcurrido un tiempo, se me ocurre cotejar estos paisajes con
otros muy distintos, pero que se inspiran en montañas semejantes,
con los paisajes que pintaba Juan Navarro Baldeweg por aquellas
mismas fechas poco más o menos, donde todo era seducción
de movimiento, vórtices de luces o de pájaros. Otra
forma de entender la eternidad, reducida a fenómenos cíclicos.
A partir de ese momento, Vicente Pascual siguió el camino
de la depuración. Un paso posterior lo supuso su abandono
del paisaje, aunque éste ya no fuera sino un símbolo,
porque el motivo representado en las pinturas no era una montaña
concreta sino la arquetípica. Pero incluso así, desaparecieron
tales referencias figurativas. Las composiciones de Vicente Pascual
comenzaron a semejarse a las de un nómada artesano, a las
abstracciones textiles de los indios norteamericanos o de los tejedores
de alfombras del Asia Central.
En las primeras páginas de su novela
“La Montaña Análoga” [4],
René Daumal hace filosofar a su narrador sobre los símbolos,
y los clasifica en dos grupos, aquellos que se someten a reglas
de “proporción” y los sujetos a reglas de “escala”.
En el segundo caso, el símbolo había de cotejarse,
aunque fuera mentalmente, con las proporciones del ser humano. Distingue
así entre un triángulo y una montaña. De algún
modo, en la obra Vicente Pascual se produjo un abandono de los símbolos
de “escala” a favor de las reglas, más universales,
y menos autoritarias, de la “proporción”. Aunque
en su obra última, que supone una depuración extrema
de aquel retorno a la geometría, reaparezcan, como veremos,
las referencias a un nuevo paisaje, esta vez esquemático
y polisémico, e incluso el propio cuadro convierta su propia
escala en sentido.
Llegado a este punto, debe decirse que Vicente
Pascual se ha convertido en un pintor realista. Pero conviene que
se aclare en qué sentido. No lo es como lo fue Courbet, desde
luego, sino en el sentido medieval, cuando a Platón o a San
Agustín se les calificaba de este modo por su postura ante
el problema de los “universales”, enfrentándolos
a los “nominalistas”. Se trataba de dilucidar si las
ideas o entidades abstractas tenían una existencia cierta,
y la respuesta del realista era que sí, que existían
por sí mismos, al margen de su materialización en
los objetos de este mundo. No sucede tan sólo que estas ideas
sean, sino que son incluso en un sentido más pleno que los
seres particulares. Siguiendo tal doctrina, Vicente Pascual ya no
pretenderá en sus trabajos últimos esquematizar los
fenómenos y objetos de la naturaleza, sino una representación
de estos universales, mediante los recursos analógicos que
la pintura le permite, y las soluciones técnicas, tan exquisitas,
con las que resuelve sus superficies tienen que ver con un principio
de “decoro”, es decir, de sometimiento por su parte
a las propiedades del objeto, sagrado o casi sagrado, que pretende
representar.
Diversos autores, de diversas culturas, aluden
a tres supuestos universos que se superpondrían como estratos,
y que relacionaríamos con el cuerpo, el alma y el espíritu,
por ese orden, o con nuestros sentidos, la imaginación y
el intelecto. Henri
Corbin, el gran hermeneuta del Islam, designó como “Mundus
Imaginalis” [5],
la capa intermedia de semejante esquema, que no es cósmico
sino espiritual. Vicente Pascual, devoto lector de Corbin, puso
ese título a una exposición suya del año 2002.
Ese mundo intermedio, también mediador, tiene bastante que
ver con el lugar donde habitarían las ideas. Volvemos con
ello al “realismo”. El artista (el peregrino) habrá
realizado el viaje hasta la frontera entre una y otra esfera de
la realidad, y se habrá asomado al exterior. En el supuesto
país de las ideas, los filósofos (Avicena, por ejemplo)
dicen hallar otras ciudades y otros ríos, pero es una forma
de hablar figurada. La nueva topología que allí funciona,
impone como medida no la distancia que miden nuestros centímetros
y palmos, sino la simpatía y el deseo, y es por analogía
como esas distancias anímicas se traducen en una concreta
y reglada geometría sobre el plano.
Abandonarse y dejar hacer a una instancia
ajena, es, filosofías aparte, un saludable ejercicio plástico.
Confesaba Vicente Pascual encontrar “muy poco interés
en la obra de aquellos pintores que buscan expresarse a sí
mismos, que creen que su personalidad es muy interesante. [6]”
Por ello, su curiosidad se ha trasladado hacia el artista anónimo,
aquel que se disuelve en una tradición a la que presta su
oído y su talento. Tal es el caso, antes citado, de los tejedores
de alfombras en el Asia Central. David Talbot Rice alude a ello
al concluir su guía del arte islámico, escrita a inicios
de los años sesenta, en pleno triunfo del Informalismo y
del Existencialismo. La gran lección del arte islámico
era –para este autor- “enseñar que la gran inquietud
existencial y de expresión que tanto obsesiona a los artistas
occidentales de hoy en día no tiene por qué considerarse
como una parte esencial a la hora de crear buen arte.” Vicente
Pascual tiende a creer que esa inquietud moderna es un lastre, y
por ello es, a su modo, un artista posmoderno [7].
El hombre occidental sufre la idolatría
del objeto, y el arte contemporáneo ha contraatacado creando
más objetos, si bien cargados de ironía. Sucedió
incluso que quienes les dieron la vuelta a los objetos, terminaron
convirtiendo sus signos y sus firmas en bibelots. La introspección
con que respondieron tantos artistas (durante el Informalismo, por
ejemplo) devino en la creación de nuevos objetos narcisistas.
La alternativa de Vicente Pascual no es tan sólo mística
sino inteligente, poniendo al ego a enfriar en la cámara
de un instancia externa, esta vez, de unos arcanos. No es el único,
por cierto, que camina por estos derroteros, otro aragonés,
Fernando Sinaga, maneja el lenguaje de la alquimia y plantea un
diálogo con las sombras. Son actitudes infrecuentes, aunque
nunca únicas. El crítico norteamericano Robert Rosenblum
[8] reconoce en una entrevista
que la tradición de lo sublime, representada por un Rothko
o un Barnett
Newman, y a la que él mismo dedicara en su momento ensayos
antológicos, estaba viviendo sus horas bajas en la década
de los noventa, pero que, dicho esto y siendo absolutamente cierto,
todavía existían personajes, ahora atípicos,
pertenecientes a la categoría de los visionarios y de los
peregrinos, como un James
Turrell o un Wolfgang
Laib, que exploran las profundidades de la sensibilidad humana
y practican un diálogo fervoroso y humilde con la naturaleza.
A comienzos del nuevo siglo no parecen haber variado las cosas de
una forma sustancial. Entre los artistas del momento, quienes optan
por el símbolo frente a la alegoría son los menos.
Pero cuentan muchas veces entre los más interesantes, siempre
que trabajen con sinceridad e inteligencia. Creo que esto sucede
con el portugués Cabrita
Reis, que declara que “lo que importan no son las contingencias,
sino lo que parece mantener la pulsión de vida y el ansia
de eternidad”. Y que añade que “la humanidad
no tiene ninguna necesidad de arte si no es como medio de vincular
la historia a la eternidad” [9].
Vicente Pascual es un pintor, pero resulta
curioso que entre los artistas a cuyo espíritu pudiera vincularse
apenas cuenten los pintores. No nos sorprenda demasiado. En sus
manos, sucede que la pintura se ha convertido en algo diferente.
La aparente simplificación oculta en Vicente Pascual un auténtico
enriquecimiento. Por un lado, en cuanto a la pura piel de su pintura,
cada vez más depurada. Antes hablábamos de “decoro”,
adecuación a los contenidos. Los símbolos demandan
del artista un tratamiento devoto, cubrir amorosamente su superficie
con una escritura plástica que es a la vez aleatoria y precisa,
donde se dejan ver señales metálicas y trazos líquidos,
encharcamientos y transparencias. Muchos enseres sagrados o los
más humildes amuletos, no suelen ser sino formas muy simples,
pero cubiertas por dibujos mágicos, que los ocupan por completo.
Pongamos como ejemplo ciertos vestigios del mundo celta, espejos
de bronce o cruces de piedra plagados de espirales, curvas en infatigable
movimiento. Algo así sucede con las últimas pinturas
sobre papel o tela de este artista. En ellas hallaremos representadas
las dualidades básicas de la luz y la oscuridad, el ser y
la consciencia del propio ser, que crea dentro de sí al otro,
el recién nacido, a una nueva entidad que nace del sacrificio
o del vaciamiento del primero, el que, de otro modo, quedaría
intacto pero solitario. Asistimos, por tanto, al puro nacimiento
de las formas. Pero todo ello queda envuelto en una trama deliciosa
de pintura, como los relatos simbólicos de un Avicena o de
un Sohravardi en el encanto verbal de narración no exenta
de adornos y accidentes. El contraste entre las formas puras y el
minucioso tratamiento de su epidermis se convierte en una nueva
dualidad.
El enriquecimiento al que antes aludía
tiene otra vertiente, referente a la vitalidad de los símbolos.
No es Vicente Pascual un pintor que deje cabos sueltos. Cuando sus
cuadros crecen, sus dimensiones los convierten en objetos ante los
que el espectador se sentirá físicamente implicado,
serán verdaderas puertas, por ejemplo, por donde escapar
o regresar del mundo de las apariencias al real, el mundo de las
formas, del exilio occidental (como en el relato del persa Sohravardi)
o la prisión de Segismundo hacia el Oriente metafísico.
Algunas de sus pinturas más recientes aluden al mito de las
Simplégades, o rocas flotantes, entre las que cruzaron audazmente
los argonautas. Este mito fue estudiado por Coomaraswamy
[10],
uno de los sabios por los que Vicente Pascual siente un mayor aprecio,
quien lo rastrea a lo largo de numerosas tradiciones, desde la hindú
hasta la esquimal. Si repasamos la obra del propio Vicente Pascual,
nos sorprenderá encontrar este tema en un trabajo de 1979,
en los años de “La
Hermandad Pictórica”. Se trata del cartel que hiciera
para “La Sabina” de Borau, sugerente imagen de una cueva
abierta a la luz. Podemos comparar esa imagen de antaño con
su tratamiento actual, donde se ha visto reducida a su esquema sin
perder su fuerza simbólica, ganando en consciencia y realidad
gracias (y esta es una bella paradoja) a su abstracción.
Dos rectángulos verticales flotan frente a nosotros, complementarios,
enamorados y enemigos. Estas rocas míticas aparecen como
puertas al Otro Mundo, que nadie puede atravesar sin perecer excepto
el héroe, que será quien aproveche su momento, su
“ahora” entre el pasado y el futuro, un instante que
se descubre, al otro lado, como verdadera eternidad.
“En la mística islámica
– me comentó un vez Vicente Pascual- se utiliza la
expresión hijo del momento de varios modos, uno de ellos
indica la consciencia interior de que sólo podemos ser lo
que realmente somos”. Aquí y ahora.
Alejandro J. Ratia
Zaragoza, septiembre de 2003
1 Gershom Scholem.
"...Todo es cábala." Ed. Trotta. Madrid, 2001.
2 Juan Eduardo Cirlot. "Bronwyn." Ed. Siruela. Madrid,
2001.
3 G. Scholem. Op. cit.
4 René Daumal. La Montaña Análoga. Ed. Alfaguara.
Madrid, 1982.
5 Henri Corbin, estudioso de Avicena, Sohravardi e Ibn Arabi, miembro
del Círculo Eranos, prefiere utilizar el término "imaginal"
frente a “imaginario” para aludir al universo intermedio,
donde residirían imágenes o arquetipos según
varias escuelas filosóficas.
6 En una entrevista del año 2001.
7 David Talbot Rice. "Arte islámico." Ed. Destino.
Madrid, 2000.
8 En "New Art", una compilación de textos publicada
por Academy Editions. Londres, 1991.
9 Declaraciones a Alexandre Melo en un catálogo del IVAM.
Valencia, 1996.
10 Ananda K. Coomaraswamy. Artículo "Symplegades"
recogido en "Coomaraswamy, Traditional Art and Symbolism"
por Roger Lipsey. Princeton University Press, 1989.
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Alejandro
J. Ratia, Zaragoza 1960, es crítico de arte y comisario
independiente. Colabora regularmente en la sección cultural
del "Heraldo de Aragón" y en diversas revistas
de carácter cultural. En 1998 funda, junto a Antonio
Fernández-Molina, "Almunia, revista de creación
y pensamiento". Ha obtenido diversos premios literarios
y entre sus obras publicadas figura: "Biedermeier",
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, y una selección
de sus poemas en prosa "Ángeles ignotos", Ed.
Galería CAZ, Zaragoza.
Ha sido comisario de exposiciones tales como "Arte gráfico
español contemporáneo: 1. Informalismo, abstracción
lírica" (Museo Pablo Serrano, Zaragoza, 1997) y
"La Gazza Ladra" (Galería Javier Ochoa, Zaragoza,
1995).
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y alejandro ratia 2003
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