|

Ensayo de Jaume Vidal
Oliveras para el catálogo de la exposición "Turris
Eburnea / Memorias de la Torre Blanca"
Fundación
Santa María, Albarracín, 2004.
VICENTE PASCUAL:
EL ARTISTA COMO TUBO
Más allá del evidente pintoresquismo, cuando después
de mi primera visita rememoré las imágenes que guardaba
de Albarracín, éste se me antojó un lugar
tremendamente extraño. Una cascada de viviendas arrancaba
de la piedra viva y se derramaba por el barranco de un monte pelado.
El trazado urbano se iba adaptando a las irregularidades del terreno
dibujando una suerte de laberinto, una maraña de calles
sinuosas en las que los puntos de referencia se diluyen hasta
perder el sentido de la orientación. La montaña
sobre la que se asienta Albarracín estaba perforada por
un túnel... El laberinto es la expresión de la locura.
El túnel es lo subterráneo, el secreto, las heces,
lo infernal, aquello que necesariamente ha de estar oculto y que
sin embargo aquí se hace presente... Pues bien, los cimientos
de Albarracín están engarzados en este subsuelo.
Yo me imagino aquella galería supurando pus cada día,
evacuando los detritus de la ciudad: es el subconsciente de Albarracín.
Existen muchos otros aspectos, el peso de la historia, el clima
extremo, la orografía del lugar, el organicismo de las
construcciones... pero para mí, el laberinto y el túnel
son los elementos básicos que articulan una forma simbólica,
el Albarracín inconsciente: un pacto con el diablo.
Yo no sé, pero tal vez esa idea de Albarracín no
exista más que en mí. Acaso sea como en aquel poema
de Kavafis que cuenta que, vaya por donde vaya, el viajero encontrará
siempre su misma desgracia, su misma desdicha. No importa a qué
ciudad huya porque le será imposible escapar de sí
mismo.
Contrapuesta a esta visión fatal, Vicente Pascual ha realizado
otra aproximación a Albarracín, una lectura que
invierte los significados de la anterior. Me interesa porque en
ella hay un mensaje optimista y porque intuyo que su luz es una
construcción, mejor una conquista como persona y como artista.
En esta reelaboración de Vicente Pascual existe una dimensión
ética que ha de quedar como una estrella de esperanza.
Lo que sigue es un itinerario por esa construcción, de
cómo uno se hace contra el sinsentido y la sinrazón
de las cosas.
"Imponer orden en la caótica
inanidad"
De una conversación con el artista, Chris
Gilbert apuntaba que para Vicente Pascual "el gesto artístico
es (...) un modo de imponer orden en la caótica inanidad"[1].
En efecto, desde siempre en el pintor ha habido un sentido del
orden o unos puntos cardinales que, por decirlo de algún
modo, articulan y dan sentido a las imágenes. Nadie o muy
pocos se percataron de que, en su anterior
etapa figurativa, los paisajes poseían un "orden"
o estructura geométrica invisible. Esa estructura era el
alma de la pintura, pero permanecía oculta tras las apariencias,
o por lo menos no era evidente. Decía antes que ese orden
era el alma, porque era efectivamente lo que atribuía sentido
o una dimensión espiritual a aquellos paisajes. Éstos
no eran una mera impresión o una evocación de la
naturaleza, sino que estaban rehechos según unas reglas
internas, esto es, un "imponer orden en la caótica
inanidad". Con el paso del tiempo Vicente Pascual ha depurado
las apariencias hasta trabajar con formas geométricas puras,
con el esqueleto que se ocultaba tras los paisajes.
La serie que el pintor dedica a Albarracín responde al
mismo espíritu. Acaso estas piezas puedan calificarse como
obras abstractas, pero en realidad son paisajes, como lo eran
los de su etapa figurativa. Incluso diría que se trata
del mismo tipo de paisaje, aunque ahora se han ido reduciendo
las apariencias hasta alcanzar las formas esenciales o aquel sentido
del orden al que antes aludíamos. Falta saber de qué
formas "esenciales" estamos hablando y de qué
orden se trata y porqué.
Albarracín es lo informal o lo "sin forma":
un conglomerado desordenado de casas, sedimentos anónimos
de la historia que afloran aquí y allá, fantasmas
sin nombre que recorren las calles... Albarracín es también
"caótica inanidad", pero Vicente Pascual ha encontrado
un "orden" invisible en la aparente informidad. Este
sentido del orden viene dado especialmente por un elemento concreto:
la Torre Blanca, cuya base es una forma geométrica perfecta.
Se trata de una antigua fortaleza defensiva que, restaurada, se
utiliza hoy como espacio expositivo, y es precisamente allí
donde se expone la serie que Vicente Pascual ha realizado en la
ciudad.
Yo intuyo que la Torre Blanca es un centro de poder, una suerte
de lugar sagrado, dotado de energía. De ahí que
se exprese como una "idea" de Albarracín y organice
simbólicamente el espacio. El artista Antoni Tàpies
alude a los objetos de poder, un término utilizado por
los antropólogos para designar ciertos ídolos a
los que las sociedades primitivas atribuyen poderes mágicos.
Así en las sociedades primitivas, pero así también
hoy en día: un objeto o un lugar capaces de motivar una
chispa, una intuición para relacionarnos con el misterio
del universo.
La Torre Blanca
Como el vuelo de las águilas, el sol o las cumbres de
las montañas, la idea de la torre representa la mirada
penetrante sobre las cosas desde las alturas, lo espiritual y
lo luminoso. Por ello es un símbolo tan fuerte. Puede que
en Albarracín existan otros monumentos, incluso más
singulares, pero para el artista, la Torre Blanca es la forma
ideal que materializa todas estas virtudes.
A pesar de que la obra de Vicente Pascual sea abstracta, una
de las piezas claves de la serie de Albarracín (ver
pintura Turris Eburnea I) reproduce expresamente la topografía
del lugar. Se trata de un tríptico en el que aparece el
esquema de la torre, situado en el centro geométrico, y
un dibujo exacto del cauce del río Guadalaviar que circunda
la población. Éste, desde una visión cenital,
gira sobre sí mismo rodeando la torre. Yo diría
que el meandro del río es como la órbita de un planeta
que es atraído por un astro para ser catapultado después.
Al tiempo, el río abastece y da vida a la huerta vecina,
acaso -me explicaba Vicente Pascual- enriquecido por este abrazo.
La Torre Blanca es pues un centro magnético que organiza
el espacio y establece relaciones. En este sentido, establece
una correspondencia con otra torre, esta última en el otro
extremo en la muralla de Albarracín. Podríamos denominarla
Torre Negra. Entre una y otra pueden trazarse ejes que, superando
la topografía de la ciudad, atraviesan antiguas iglesias,
esto es, lugares sagrados. Interesa destacar que entre la Torre
Blanca y la Torre Negra existe un diálogo de energías
que sobrevuela Albarracín (ver
pintura Turris Eburnea III).
La torre como espacio sagrado
La torre es una forma vertical que delimita un espacio hueco.
¿Qué sentido posee este vacío? Yo diría
que se trata de un microespacio sagrado. Como es sabido, el templo
griego encerraba un espacio vacío. Los rituales religiosos
se desarrollaban en el exterior. El centro del templo, su corazón,
sin embargo, era inaccesible. Era pues un vacío sobre el
que se articulaba un conjunto arquitectónico y escultórico.
Ésta es la idea: el vacío organiza formas y transforma
el espacio circundante. Pero, claro, decir vacío es insuficiente,
el templo griego es una expresión de lo sagrado, una manifestación
trascendente... Organiza un espacio porque posee un valor espiritual.
Yo no sé si Vicente Pascual estará de acuerdo,
pero para mí, el vacío es producción de sentido.
Un ejemplo: el Cuadrado blanco sobre fondo blanco de Malevich
es la expresión del vacío en pintura. En esta pieza,
por un proceso de depuración, se han eliminado prácticamente
todas las cualidades del dibujo y el color. ¿Expresión
de la nada? Más bien se trata de un objeto mágico,
una especie de fetiche como el utilizado por las culturas primitivas
o los iconos rusos, porque para Malevich es un instrumento para
comunicarse –por decirlo de algún modo– con
lo transcendente. El vacío, tanto para la mística
oriental como occidental, no es una ausencia, sino una producción
de sentido. Como en el caso de los románticos, para los
que la noche o los paisajes nublados son un estímulo para
la imaginación, el vacío es un espacio espiritual
de plenitud.
La torre como camino iniciático
Algunos autores han apuntado que en algunas culturas primitivas
se atribuye a los árboles el poder de comunicar con el
mundo celeste. Aquél, con las raíces en la tierra,
emerge y eleva su copa hacia el cielo. El árbol, la escalera,
la torre por su verticalidad expresan contenidos similares.
Yo veo la Torre Blanca como un camino iniciático. La torre
arranca de las profundidades asentada sobre la roca viva. Esto
es, la caverna, las tinieblas, el caos, lo informe... ¿Acaso
no es éste el Albarracín que he descrito al inicio?
Luego la torre va ascendiendo por la piedra tallada, de manera
que cada rellano se expresa metafóricamente como una etapa.
La construcción implica geometría, una noción
de forma y orden.... Es la arquitectura del pensamiento y la luz
que construye. Aunque, dicho sea de paso, cuando más alta
sea la torre, más profundos habrán de ser sus cimientos,
más hondo se tendrá de buscar en los abismos de
uno mismo y de las cosas. Éste es el sentido ético
y de aprendizaje que decía que veía en Vicente Pascual
y que apuntaba al principio.
El mundo imaginal
Existe un saber muy antiguo del que Vicente Pascual participa
y se siente solidario[2].
Según esta tradición existe una armonía cósmica
que se expresa por analogía fragmentariamente en los diferentes
planos de la existencia. El hombre, sin embargo, tiene la capacidad
de hacerla presente en su entorno, lo cual implica superar lo
circunstancial e ilusorio, para trascender en la realidad esencial.
Esa armonía es una suerte de modelo ideal. Vicente Pascual
me contaba estas ideas a través de un ejemplo que él
vivió muy de cerca: un "hombre medicina" de la
tribu sioux que tenía el poder sanar. Para explicar esta
transmisión de armonía con efectos terapéuticos,
me hablaba del "hombre medicina" como un "tubo"[3],
lo más recto y vertical posible para que la comunicación
fuera idónea entre el mundo superior y el mundo terrenal.
Por extensión, el artista que busca la armonía celeste
también es un "hombre tubo". La Torre Blanca
es en realidad otro "tubo" por el que desciende la energía
del cielo como en el caso del "hombre medicina". Más
aún, consciente o inconscientemente, la Torre Blanca es
el "tubo" de Vicente Pascual.
El artista como alquimista
De mi correspondencia con Vicente Pascual reproduzco íntegro
un párrafo que nos ayudará a comprender su posición
como artista:
"Al igual que en el caso de otros artistas, concibo mi trabajo
como una alquimia exterior en vistas a una alquimia interior,
un acto que tiene razón de ser en la actualización
de las posibilidades aletargadas. El trabajo exterior de los alquimistas
consistía en la transmutación de aquellos metales
más caóticos, oscuros e ininteligentes en aquel
más luminoso, y esto se hacía, como bien sabes,
con el deseo de realizar interiormente un proceso análogo
en el alma. En realidad era un método espiritual que no
divergía del de los constructores que tallaban la piedra,
y éstos no rechazaban la piedra sino que la hacían
partícipe de una forma que de algún modo transmutaba
la substancia intelectual de la propia piedra. La piedra de la
Sainte Chapelle de París es tan material coma la piedra
del Palacio de Carlos V en Granada, pero mientras que aquélla
se ha extinguido al servicio de una forma de pureza intelectual
cristalina, ésta se ha puesto al servicio de una intención
que, en el mejor de los casos, se reduce a un dramatismo humano,
demasiado humano y sentimental, por noble que fuera su intención.
La diferencia entre ambas construcciones no reside en la cantidad
de piedra empleada sino en la cualidad intelectual con la que
se ha tratado".
La alquimia es el símbolo de la iluminación. El
trabajo del alquimista y por extensión del artista que
es Vicente Pascual consiste en realidad un transformarse y evolucionar
uno mismo. La Torre Blanca encierra en sí una serie de
cualidades. Fijarlas en tal forma significa una actualización,
un intento de comprensión y aproximación a ellas.
Pero también para el transeúnte que, como yo, ha
prestado atención a este proceso.
Yo veo la Torre Blanca como una forma geométrica que santifica
el lugar. Esa forma limpia y perfecta ilumina y espiritualiza
las cosas. No es que el otro Albarracín no exista, el Albarracín
subterráneo, del caos y del subconsciente. Más bien
diría que conviven los dos en el mismo lugar, uno al lado
del otro. El fulgor del uno es la sombra del otro.
Jaume Vidal Oliveras
Barcelona, julio de 2004
[1]
Chris
Gilbert. Círculos/Ciclos en Vicente Pascual: Círculos/Ciclos,
Palacio de Montemuzo. Ed. Ayuntamiento de Zaragoza. 2000. Pág.
28
[2]
Tanto Chris Gilbert -Op. cit. como Alejandro
J. Ratia. Vicente Pascual / nunc, Ed. Galería
Pepe Rebollo. Zaragoza. 2003- sitúan las referencias de
esta tradición. No hace falta insistir.
[3]
Esta anécdota alude a una expresión de Fools Crow
describiendo la función del “hombre medicina”.
Thomas E. Mails. Fools Crow, Wisdom and Power. Ed. Council
Oak Books. Tulsa, Oklahoma. 1991. Pág. 30
Ver
catálogo de la exposición
en formato PDF: textos
236 KB, pinturas
209 KB.
|
|
Jaume
Vidal Oliveras es profesor de arte contemporáneo
en la Universidad Autónoma de Barcelona, ha escrito
diversos ensayos como El marxant Josep Dalmau, l’aventura
per l’art
modern, Angle Editorial-Caixa Manresa, 1993, y Santiago
Segura, una història de promoció cultural,
Museu de Sabadell,1999. Como crítico colabora con
"El Cultural" de EL MUNDO y en la revista ARTE
Y PARTE.
Ha comisariado numerosas exposiciones, como Santos
Torroella. En los márgenes de la poesía
y el arte, Círculo de Bellas Artes, Madrid,
2003, o Any Grau Garriga, Monasterio de Sant
Cugat, Casa Aymat, Sant Cugat del Vallès, 2004.
|
| copyright © Jaume Vidal
Oliveras 2004 |
|